Mi chancla me representa

¿Sabes qué?

¿Sabes que la Biblia recoge casi toda la simbología de zapato? Más concretamente de la sandalia, que como comenté, se puso muy de moda en Egipto allá por la Antigüedad. Ya existían algunos textos (egipcios y chinos sobretodo) que aludían al uso simbólico del calzado en rituales funerarios, pero no existía un libro que los compilara todos como sucede en la Biblia. Claro que ésta es tan larga como la saga completa de Juego de Tronos, da para explicar muchas batallas y muchas tradiciones. Aunque tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, no se hace referencia alguna al diseño o a la decoración, sino tan sólo al papel simbólico que tienen los zapatos en diferentes contextos.

Por ejemplo, la costumbre de descalzarse en lugares santos aparece por primera vez en el Éxodo (Éxodo III, 5), y describe la visión de la zarza ardiente cuando Dios ordena a Moisés quitarse los zapatos: «No te llegues acá: quita tus zapatos de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es». Esta «orden» se repite con Josué cuando los hebreos llegan a la Tierra Prometida, y varias veces más según van peregrinando.

También existen varias referencias al hecho de ir calzado o descalzado. Ir descalzo era un vergüenza y generalmente un castigo impuesto por Jehová, sobre todo a reyes y cargos importantes, en escaramuzas militares y políticas. En el reino de Israel, marcar un campo con el pie o dejar una sandalia era símbolo de propiedad legal, como aparece en el Libro de Ruth: <<Entonces el pariente dijo a Booz: «Tómalo tú». Y se quitó la sandalia. Dirigiéndose a los ancianos y a todo el pueblo, Booz dijo: «Vosotros sois testigos hoy de que he adquirido de manos de Noemí todo lo que fue de Eimelec, y todo lo que fue de Quelión y de Mahlón. Y que también tomo por mi mujer a Ruth la moabita, mujer de Mahlón, para restaurar el nombre del difunto sobre su heredad, para que el nombre del muerto no se borre de entre sus hermanos, ni de entre su pueblo. Vosotros sois testigos hoy.»>> (Ruth, 4:7 – 10). ¿Te imaginas llegar a Hacienda, dejar la chancla en el mostrador y decir: «Mi chancla me representa. Esto es mío y punto»? (Una peli a lo Berlanga con Dani Rovira de protagonista…Lo veo! Lo veo!)

Otra historia muy, muy curiosa es la de Judith. Judith la que le corta la cabeza a Holofernes, sí.

Judith era una «viuda piadosa» que vivía en una pequeña aldea palestina llamada Betulia, en ese momento, sitiada por los ejércitos del rey asirio Nabucodonosor. Pero Judith era muy lista, salió del pueblo dispuesta a entregarse a las manos enemigas, pero para ello: «Se calzó las sandalias, se puso collares, anillos, pendientes y todas sus joyas y realzó su hermosura cuanto pudo, con ánimos de seducir los ojos de todos los hombres que la viesen» (Judith 10:4). Cuando la vio Holofernes, líder del ejército, cayó rendido a su encanto y bueno,… ya sabes, se liaron. (Aunque en la Biblia no lo describen así, claro). Entonces Judith, aprovechando la borrachera de Holofernes, le corta la cabeza y salva a su pueblo. Por eso sus sandalias se describen como  victoriosas: «La sandalia de ella le robó los ojos, su belleza cautivole el alma, ¡y la cimitarra atravesó su cuello!» (Judith 16:9)

Aunque sin duda, la historia que más me ha llamado la atención es la de Las sandalias de Jesús. En realidad no es sólo una historia, son muchas historias que hacen referencia a una misma cosa: el zapato como símbolo del viaje. Y que en el Nuevo Testamento se  «ilustra» con la vida de Jesús y su resurreción. No voy a meterme en temas religiosos, tranquilidad.

Las referencias a sus sandalias aparecen desde su bautismo y son, sobre todo, la visión que tienen de él sus apóstoles: «Yo os bautizo en agua para conversión: pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias.»  (Mateo, 3:11). Hay incluso representaciones pictóricas en la que las sandalias de Jesús aparecen tiradas descuidadamente en el suelo, sin pertenencia, como en la pintura de Felipe de Champaigne Cristo clavado en la cruz, (s. XVII). Y es curioso porque Jesús cuando resucita, aparece de nuevo con ellas, andando además sobre las aguas: <<Y en la cuarta vigilia de la noche vino ÉL hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole así, se turbaron y decían «Es un fantasma», y de miedo se pusieron a gritar. Pero al instante les habló Jesús diciendo: «¡Ánimo!, que soy yo, no temáis». Pedro le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas». «¡Ven!».>> Claro que Pedro se hundió porque iba sin sandalias. He aquí la moraleja.

Sin embargo, si es muy curioso observar la pertenencia de esos zapatos en concreto. En mi opinión, en la Biblia, el calzado no sólo es una alegoría del viaje, del caminar, de la vida y de la muerte, etc. sino de la «personificación» de dichas sandalias. Esas, que cuando Cristo está en la cruz no son calzadas por nadie, siguen siendo de él aunque no esté. (Vale, me meto ya en temas filosóficos). En realidad son como las botas de Van Gogh, no pueden ser de nadie más porque su vida está en ellas. Y se convierten, por tanto, en objeto sagrado.

¡Ahí es justo donde quería llegar! Los zapatos se convierten en un objeto de culto, como si fuesen de Mickael Jackson o de Sarah Jessica Parker, pero en el siglo I en vez de en el s.XXI. Se podría decir que las sandalias de Jesús fueron el primer zapato de culto de la historia.

Ahora sólo me queda explicarlo con propiedad en la tesis, no creo que al tribunal le gustase mucho una foto de unos «Manolos» en mitad de la defensa.

p.d. En realidad la Biblia es muy entretenida, es como Juego de Tronos pero con más desierto y sin dragones. Me ha gustado.